Celos
Una mujer inicia la discusión con su marido sorpresivamente, irrumpiendo desde la calle en la sala, y sin reparar en la presencia de un visitante. Le ha llegado el rumor de que le brotaron los cuernos desde hacía largo tiempo y esta posibilidad la ha cegado al punto de olvidar los buenos modales.
El visitante, a la sazón un viejo conocido de la familia, no abandona la escena una vez desatado el infierno. Escuda su decisión de quedarse en la confianza que otorgan la amistad y la complicidad con el sujeto inquirido. Éste trata por todos los medios de que su esposa se calme, tome asiento y ceje en su empeño de arañarle el rostro —que, por cierto, ya ha conseguido en dos oportunidades en tan breves segundos de arrebato. “¿Qué va a decir nuestro querido amigo?”, le pregunta desconcertado, exigiendo en vano un comportamiento mesurado a quien fuera poseída por la furia.
El aludido hace un ademán de “por mí está bien, adelante, adelante” o algo así, divertido, malicioso, como si le constase la veracidad de lo impugnado por la mujer; a veces se sonríe con morbo, recordando quizás alguna travesura de juventud, pero el mayor tiempo conserva una actitud de retrato clavado a la pared, inquebrantable. El en aprietos alega, recurriendo al mejor de sus gorjeos y cerca del oído de su consorte:
—Linda, por Dios… ¡si yo te quiero a vos nada más!
Pero ella no desfallece ante los encantos de su galán. Todavía siente necesidad de saltarle a los ojos y descarnarlos, pese a que está siendo fuertemente sujetada de los brazos por el acusado de traición. Mueve la cabeza de un lado a otro y el cabello se escapa de las hebillas pegándose a su frente con las gotas de un sudor nervioso. Él, con la voz aún más argentada y la mirada extasiada, zarandeándola suavemente, continúa su panegírico improvisado:
—Sabés que a mí me gustan las mujeres celosas, las que recriminan sin motivo, las que absorben, las duras… ¡Así como vos, únicamente como vos!
Por increíble que parezca, este argumento termina convenciendo a la mujer acerca de la nobleza de su pareja. Ligeramente sonrosada, se incorpora con pausa; por fin observa al tercero, a quien saluda con dos besos en cada mejilla, y de un salto más bien juvenil desaparece rumbo a la cocina, apresurándose en preparar tres alegres tazas de café.
Diferencia social
Los ricos excéntricos se pueden dar el lujo de imitar a los pájaros edificando un hornero del tamaño de una vivienda humana, hecho todo de barro y con una sola abertura. Los excéntricos pobres sólo pueden conformarse, y en ello se les va la vida y las aspiraciones, con imitar a los pájaros dándoles de comer gusanos a sus hijos.
Diana Viveros (Asunción, 1981). Publicó diez relatos reunidos bajo el título de "Café Kafka", en 2006 (Jakembó Editores). Participó en la colección de cuentos "Anales urbanos", en 2007 (Arandura Editorial). Con su hermano Javier lanzó en 2008 "Ingenierías del insomnio", libro de relatos (Jakembó Editores), y "Los quince de la niña" en formato cartonero (Editorial Barco Borracho).correo electrónico: dianaviveros@gmail.com
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