1
En eso de que soy un mentiroso hay mucho de chisme. Estiro el dedo índice y escarbo con premura codiciosa; araño las corazas casposas que mugen espantosamente y trepidan ante la cosquilla del índice, y me voy metiendo, me voy yendo conmigo mismo de mí. Y esas posibilidades inasibles que fuerza mi quietud pusilánime…, esas literaturas; tan vicio de astronauta, lo sé, pero viajo, me mezo en esta hamaca de hilvanes tenues, en esta bocanada de humo que se desvanece cuando mamá me llama “para tomar teté1”. “Ya me voy ya”. Pero esperá, que ahora estoy sentado en la tierra roja y aprieto fuertemente los ojos contra mis
Seguramente. Pero ahora es domingo, es domingo de tarde y mañana es lunes.
Cerrar los ojos para entrever cualquier otra cosa y saborearla con delicia; meter el dedo en el agujerito y escarbar con la uña, desgarrar las orillas para que el aluvión se desborde y nos refresque la cara, nos limpie de tanta polvareda reunida y cristalizada en nuestras caras, aunque sea en ese viaje; porque de la lluvia, ch’amigo3, nadita de nada. Por ejemplo, mientras César está aquí a mi lado, me pregunto si…, y basta con eso para vivir del otro lado por un instante. Al volver, qué sé yo, alegrías, esperanzas, pero por lo general despecho, desasosiego, pichaduras4.
2
El sol que lame los lomos de los cuatro y las áridas calles con sus polvos como ceniza encendida que quema los pies. Y la neblina imperceptible que borronea un poco las formas –último resquicio de vapor exprimido de la tierra en la siesta amoníaca y polvorienta-. Sólo buscar dónde aplacar las escaldaduras que dejan las lenguas del sol en las espaldas; para limpiarse de su encendida y violenta saliva, tan parecida al sudor adolescente.
-Pehechápa omoite pindo-máta ikarẽ léntova?5 –pregunta César.
-Mba’e oreko?6
-Upépe ndaje oñeñotỹ raka’e Luisõ re’õngue.7
-Legal pio? El finado Ceferino ko Luisõ raka’e ndaje…8 -agrega Nelson.
-Hẽe. Ha amoite depósito ykére, pe arrivádape, oñemopu’ã Antonio níchorã. Otro dia porogueraháta.9
-Mbóre!10
-Mbóre!
-Mba!11
Sólo yo calzo zapatos, pero el polvo parece filtrarse por los poros del cuero y me pica más que a cualquiera. Aun antes de entrar a la espesura, mi piel es blanco de las alimañas: Virginidad epidérmica que el beso del sol deja en rojo vivo.
Desde la arribada se ve el arroyo, a la distancia; más allá del humedal, más allá de los pastizales, después del monte.
Cruzar la aguada, que es puro lodo. Lodo negro y añejo de pastos, de cadáveres vegetales y animales desintegrados. Yo, que había salido escondido de casa para sumarme a la aventura, me quito los zapatos y los llevo en las manos; meterse hasta la cintura en esa negra y pegajosa profundidad, cuna de materias burbujeantes. Agarrarse de los pastos amarillos que emergen del inmenso lodazal; los mosquitos y ñetĩ12 se encariñan a los cabellos que ya huelen a tostado, y los pies encuentran alivio en la travesía de esos hoyos.
Subirse a un tronco vacilante que flota, que es un puente ahora, de mucho más antes; tambalear a lo largo de él hasta pisar tierra firme. Por entre las raíces de un guajayvi13, un chorro de agua; saciar la sed y reanudar la marcha.
Los pastos son más altos que nosotros; uso los zapatos como guantes para protegerme de su filo; los alejo de mi rostro, los aparto de mí, pero acaban dándome como latigazos en la espalda desnuda, roja, quemada…
De liana en liana, en la maraña de hojas, los ka’i14 que desde las sacudidas ramas nos arrojan sus orines y excrementos; abajo, los mita’i15 que nos reímos enfurecidos; tirarles piedras.
César: Desnudo, y Gabriel. Todos desnudos. Desnudos los cuatro; lanzarse al agua.
Sentarse a la orilla del arroyo bajo la sombra de ese arbusto que forma una especie de cueva. La siesta es larga: El yryvu16 planea mansamente.
infame peluquero, el paraíso es frágil.
muñido de tu gran tijera, de su metálico filo,
para mutilar las grandes melenas.
escupitajo violento,
verde escupitajo.
macabra depilación
que deja al encubierto…,
rojamente ensangrentada.
el paraíso es frágil.
-Pehendu piko aipóva?17
-Sí escuchamos…
-¡Una vaca!
-¡Parece más un Póra!
-Jaha jahecha!18
Correr con los pulmones henchidos de alguna impresión apocalíptica. Vadear las fosas y correr azuzados por el siseo de las cigarras, absortos por ese mugido despavorido que parece provenir de profundidades de ultratumba.
Apenas llegamos a este claro, el animal se echa al suelo levantando polvo. César está con los ojos huecos; todos nuestros ojos grandemente abiertos. El sol parece levemente adormilado, y una tenue brisa arranca silbidos de los aguara-ruguái19.
La vaca resuella extenuada pataleando sobre la tierra colorada, sin ojos, sin lengua, escupiendo una sangre oscura y pestilente que ahoga sus últimos bufidos, mientras las garrapatas se sueltan de su cuero espantadísimas, y huyen como pueden. César -quién más si no- toma un garrote y espeta al animal en el vientre. Mirar alrededor buscando qué; pero, ¿por dónde si no hay cómo?
-¡Chupacabra!20
-¡Un Póra!21
-¡El Malavisión22 está enojado!
-Jaha ko’ái, nde!23
Salir corriendo. Entrar a la espesura para buscar el color anaranjado de las mandarinas silvestres, para embadurnar la tarde sestera con esa modorra cítrica. Callados, meditabundos. César es quien percibe que hay rumores extraños en el aire.
-Mi papá dice que ese que le quita su lengua a la vaca es mbopi24 nomás –digo, temblando más que cualquiera.
-Mba’e mbopi katu piko! Péango pehecháta hína… Oaununsia hína algún desgrásia.25
El río no está muy distante, tampoco las últimas casas de la villa.
-Pehendúpa? Oĩ ñande-seguíva ápe…26
Alguien que camina sin hacer ruido, va borrando con sus tacones el rastro de eses que dejan a su paso las pesadas colas de los teju guasu27. Como absorbido por una succión descomunal, por un huracán sin viento, desaparece el bosque de chachĩ28; se entierran los túneles de los tatú y algún tucán ve ahogado su graznido porque se quiebra con violencia la colorida flauta ceremonial.
Nelson se queda parado contemplando la desolación, detrás de él Gabriel, detrás de éste yo; y César se sube a una rama para verlo todo mejor. La novedad despierta cierta curiosidad, cierta confundida alegría. Sin embargo, la sensación de que dentro de nosotros una casa de paredes quebradizas, de techo pesado se desmorona es inexorable.
Ahora, todo está hecho una alfombra marrón-verdecita, una sábana de desnuda tierra roja con brotes de soja formando un patrón que se estira hasta donde alcanza la vista; brotes que crecen vertiginosamente, se secan y dejan relucir al sol sus pajizas vainas.
-Mba’éiko ñandéve… Ajéa?29
-Legal…30
-Jaha ko’ái, nde.31
De regreso al arroyo para una última zambullida antes de volver a casa. Estoy sumergido, contemplando las inmóviles piernas de mis compañeros. César hace burbujitas en el agua, imitando un motor o algo por el estilo. Sus voces me llegan ralentizadas bajo el agua, como una música que desconozco pero que me deleita. Yo no sé silbar, pero ellos saben hacerlo con maestría; a veces alguien empieza la melodía, con silbo de taguato32 y los remedos se suceden en una fuga preciosa que yo remato con algún piropo al taguato que hasta ahora no es bien recibido. Ora pitogue33, ora ynambu-tataupa34, pero nunca pollito. Jamás.
Una avioneta sobrevuela los cultivos rociándolos. Ese verde homogéneo… Y, de pronto, un disparo. Hay que correr: Hay que alejarse de la sombra de ese hombre rubio que nos mira con desdén desde la otra orilla, hay que alejarse de su arcabuz, de su lengua ignota, de sus botas de altos tacones; hay que esquivar esa mirada azul, ese miedo que parece tenernos confundido con odio; que le tenemos pues.
Desnudos como estamos sabemos que las verdes cuchillas podrían rebanarnos: Pero de los pastos, nada: Un centenar de metros de patrones rectilíneos arados en la tierra.
Me calzo los zapatos, y, mientras trato de atarme los cordones, un disparo me hace correr tan rápido que gano a mis compañeros en la carrera hasta el humedal.
Cruzamos corriendo y, en lo que parece tierra firme, hundo el pie y afuera no queda más que mi crispada mano; César trata de arrancarme, como puede arrancarse una raíz de mandioca, pero el pícaro monstruo me chupa el zapato, quiere tragárselo: Y el pantano se traga mi zapato. Salgo corriendo con un pie desnudo hacia la arribada.
Sentarse al borde de la calle polvorienta. Pensar a carcajadas, reírse atropelladamente, con rabia; ¿con tristeza? Tengo miedo de regresar a casa.
(Siente que algo le acalambra el estómago. A la pucha35, y no sabe qué. Se retuerce y la boca se le llena de espuma. La fiebre le arranca sangre de los ojos; mientras, sus peludos congéneres corren disparados lanzando gritos de horror. El ka’i yace muerto. Un negro nubarrón vuela sobre él. Lluvia. Una lluvia de golondrinas muertas se derrama sobre él: Su tierra de cementerio).